sábado, 8 de junio de 2013

Propera parada: Aeroport (I)


Un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar. La hipótesis aquí defendida es que la sobremodernidad es productora de no lugares, es decir, de espacios que no son en sí lugares antropológicos y que, contrariamente a la modernidad baudeleriana, no integran los lugares antiguos: éstos, catalogados, clasificados y promovidos a la categoría de "lugares de memoria", ocupan allí un lugar circunscripto y específico. Un mundo donde se nace en la clínica y donde se muere en el hospital, donde se multiplican, en modalidades lujosas o inhumanas, los puntos de tránsito y las ocupaciones provisionales (las cadenas de hoteles y las habitaciones ocupadas ilegalmente, los clubes de vacaciones, los campos de refugiados, las barracas miserables destinadas a desaparecer o a degradarse progresivamente), donde se desarrolla una apretada red de medios de transporte que son también espacios habitados, donde el habitué de los supermercados, de los distribuidores automáticos y de las tarjetas de crédito se renueva con los gestos del comercio "de oficio mudo", un mundo así prometido a la individualidad solitaria, a lo provisional y a lo efímero, al pasaje, propone al antropólogo y también a los demás un objeto nuevo cuyas dimensiones inéditas conviene medir antes de preguntarse desde qué punto de vista se lo puede juzgar. 


(...) 

El lugar y el no lugar son más bien polaridades falsas: el primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos donde se reinscribe sin cesar el juego intrincado de la identidad y de la relación. Pero los no lugares son la medida de la época, medida cuantificable y que se podría tomar adicionando, después de hacer algunas conversiones entre superficie, volumen y distancia, las vías aéreas, ferroviarias, las autopistas y los habitáculos móviles llamados "medios de transporte" (aviones, trenes, automóviles), los aeropuertos y las estaciones ferroviarias, las estaciones aeroespaciales, las grandes cadenas hoteleras, los parques de recreo, los supermercados, la madeja compleja, en fin, de las redes de cables o sin hilos que movilizan el espacio extraterrestre a los fines de una comunicación tan extraña que a menudo no pone en contacto al individuo más que con otra imagen de sí mismo.


El espacio como práctica de los lugares y no del lugar procede en efecto de un doble desplazamiento: del viajero, seguramente, pero también, paralelamente, de paisajes de los cuales él no aprecia nunca sino vistas parciales, "instantáneas", sumadas y mezcladas en su memoria y, literalmente, recompuestas en el relato que hace de ellas o en el encadenamiento de las diapositivas que, a la vuelta, comenta obligatoriamente en su entorno. El viaje (aquel del cual el etnólogo desconfía hasta el punto de "odiarlo") construye una relación ficticia entre mirada y paisaje. Y, si se llama "espacio" a la práctica de los lugares que define específicamente el viaje, es necesario agregar también que hay espacios donde el individuo se siente como espectador sin que la naturaleza del espectáculo le importe verdaderamente. Como si la posición de espectador constituyese lo esencial del espectáculo, como si, en definitiva, el espectador en posición de espectador fuese para sí mismo su propio espectáculo. Muchos folletos turísticos sugieren un desvío de ese tipo, una vuelta de la mirada como esa, al proponer por anticipado al aficionado a los viajes la imagen de rostros curiosos o contemplativos, solitarios o reunidos, que escrutan el infinito del océano, la cadena circular de montañas nevadas o la línea de fuga de un horizonte urbano erizado de rascacielos. Su imagen, en suma, su imagen anticipada, que no habla más que de él, pero lleva otro nombre (Tahití, los Alpes de Huez, Nueva York). El espacio del viajero sería, así, el arquetipo del no lugar.


El movimiento agrega a la coexistencia de los mundos (...) la experiencia particular de una forma de soledad y, en sentido literal, de una "toma de posición": la experiencia de aquel que, ante el paisaje que se promete contemplar y que no puede no contemplar, "se pone en pose" y obtiene a partir de la conciencia de esa actitud un placer raro y a veces melancólico. No es sorprendente, pues, que sea entre los "viajeros" solitarios del siglo pasado, no 1os viajeros profesionales o los eruditos sino los viajeros de humor, de pretexto o de ocasión, donde encontremos la evocación profética de espacios donde ni la identidad ni la relación ni la historia tienen verdadero sentido, donde la soledad se experimenta como exceso o vaciamiento de la individualidad, donde sólo el movimiento de las imágenes deja entrever borrosamente por momentos, a aquel que las mira desaparecer, la hipótesis de un pasado y la posibilidad de un porvenir.

(...)


El anonimato relativo que necesita esta identidad provisional puede ser sentido como una liberación por aquellos que, por un tiempo, no tienen más que atenerse a su rango, mantenerse en su lugar, cuidar de su aspecto. Duty free: una vez declarada su identidad personal (la del pasaporte o la cédula de identidad), el pasajero del vuelo próximo se precipita en el espacio "libre de tasas", liberado del peso de sus valijas y de las cargas de la cotidianidad, no tanto para comprar a mejor precio, quizá, como para experimentar la realidad de su disponibilidad del momento, su cualidad irrecusable de pasajero en el momento de la partida. (...) Solo, pero semejante a los otros, el usuario del no lugar está con ellos (o con los poderes que lo gobiernan) en una relación contractual. La existencia de este contrato se le recuerda en cada caso: el boleto que ha comprado, la tarjeta que deberá presentar en el peaje, o aun el carrito que empuja en las góndolas del supermercado, son la marca más o menos fuerte de todo eso. (...) En cierto modo, el usuario del no lugar siempre está obligado a probar su inocencia. El control a priori o a posteriori de la identidad y del contrato coloca el espacio del consumo contemporáneo bajo el signo del no lugar: sólo se accede a él en estado de inocencia. Las palabras casi ya no cuentan. No hay individualización (derecho al anonimato) sin control de la identidad. Naturalmente, los criterios de la inocencia son los criterios convenidos y oficiales de la identidad individual (los que figuran en las tarjetas y están registrados en misteriosos ficheros). Pero la inocencia es también otra cosa: el espacio del no lugar libera a quien lo penetra de sus determinaciones habituales. Esa persona sólo es lo que hace o vive como pasajero, cliente, conductor. Quizá se siente todavía molesto por las inquietudes de la víspera, o preocupado por el mañana, pero su entorno del momento lo aleja provisionalmente de todo eso. Objeto de una posesión suave, a la cual se abandona con mayor o menor talento o convicción, como cualquier poseído, saborea por un tiempo las alegrías pasivas de la desidentificación y el placer más activo del desempeño de un rol. En definitiva, se encuentra confrontado con una imagen de sí mismo, pero bastante extraña en realidad. En el diálogo silencioso que mantiene con el paisaje-texto que se dirige a él como a los demás, el único rostro que se dibuja, la única voz que toma cuerpo, son los suyos: rostro y voz de una soledad tanto más desconcertante en la medida en que evoca a millones de otros. El pasajero de los no lugares sólo encuentra su identidad en el control aduanero, en el peaje o en la caja registradora. Mientras espera, obedece al mismo código que los demás, registra los mismos mensajes, responde a las mismas apelaciones. El espacio del no lugar no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud.



Allí reinan la actualidad y la urgencia del momento presente. Como los no lugares se recorren, se miden en unidades de tiempo. Los itinerarios no se realizan sin horarios, sin tableros de llegada o de partida que siempre dan lugar a la mención de posibles retrasos. Se viven en el presente. Presente del recorrido, que se materializa hoy en los vuelos transcontinentales sobre una pantalla donde se registra a cada minuto el movimiento del aparato. Si es necesario, el comandante de abordo lo explicita de manera un tanto redundante: "A la derecha del avión, pueden ver la ciudad de Lisboa". De hecho, no se percibe nada: el espectáculo, una vez más, sólo es una idea, una palabra(...) En suma, es como si el espacio estuviese atrapado por el tiempo, como si no hubiera otra historia más que las noticias del día o de la víspera, como si cada historia individual agotara sus motivos, sus palabras y sus imágenes en el stock inagotable de una inacabable historia en el presente. (...) Lo que contempla el espectador de la modernidad es la imbricación de lo antiguo y de lo nuevo. La sobremodernidad convierte a lo antiguo (la historia) en un espectáculo específico, así como a todos los exotismos y a todos los particularismos locales. La historia y el exotismo desempeñan el mismo papel que las "citas" en el texto escrito, estatuto que se expresa de maravillas en los catálogos editados por las agencias de viajes. En los no lugares de la sobremodernidad hay siempre un lugar específico (en el escaparate, en un cartel, a la derecha del aparato, a la izquierda de la autopista) para las "curiosidades" presentadas como tales: ananás de la Costa de Marfil, los "jefes" de la República de Venecia, la ciudad de Tánger, el paisaje de Alesia. 




El espacio de la sobremodemidad está trabajado por ésta contradicción: sólo tiene que ver con individuos (clientes, pasajeros, usuarios, oyentes) pero no están identificados, socializados ni localizados (nombre, profesión, lugar de nacimiento, domicilio) más que a la entrada o a la salida. Si los no lugares son el espacio de la sobremodernidad, es necesario explicar esta paradoja: el juego social parece desarrollarse fuera de los puestos de avanzada de la contemporaneidad. Es a modo de un inmenso paréntesis como los no lugares acogen a los individuos cada día más numerosos, tanto más cuanto que a ellos apuntan particularmente todos aquellos que llevan hasta el terrorismo su pasión del territorio a preservar o a conquistar. Si los aeropuertos y los aviones, los supermercados y las estaciones fueron siempre el blanco privilegiado de los atentados (para no hablar de los coches bombas), es sin duda por razones de eficacia, si se puede utilizar esta palabra. Pero es quizá también porque, más o menos confusamente, aquellos que reivindican nuevas socializaciones y nuevas localizaciones no pueden ver en ello sino la negación de su ideal. El no lugar es lo contrario de la utopía: existe y no postula ninguna sociedad orgánica.

* * * 


Fragmentos de  Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad de Marc Augé

Frames de Playtime (1967) de Jacques Tati

sábado, 11 de mayo de 2013

Prehistoria







A veces
como en la foto
sonrío igual, pero
 ahora tengo
dientes más rectos
blusas más anchas
calcomanías de acné
recambios de botones
para abrochar 
desabrochar
según adelgazo o engordo
según sudo o tiemblo
según me voy o me quedo

como en la foto
luzco igual, con
la cara ancha
el pelo revoltoso
el broche fantástico
lucho igual, contra
monstruos
dinosaurios
fantasmas
fantasmenos


http://www.youtube.com/watch?v=-B-PsA5I4wY

Relax yourself, girl, please settle down 

* * * 

viernes, 3 de mayo de 2013

La Plaga



Los veranos en el Vallès Oriental son una lucha entre lo rural y lo urbano, el dentro y el fuera, el movimiento y la apatía. 

Durante el día las persianas de los salones permanecen bajadas y el ventilador gira a la máxima potencia. La mano va del mando de la televisión al matamoscas y del matamoscas al cenicero. Los gatos enseñan sus bigotes por debajo de las cortinas antes de volver a esconderse en su madriguera. Los perros no tienen ánimos ni para ladrar. El cartel del supermercado "Esclat" parece que efectivamente va a estallar en sonora explosión antes del mediodía. Los tractores pasan una y otra vez por los mismos conreus de secà.

Al atardecer los cocineros cambian el humo de los extractores por el de la pipa de tabaco. Los agricultores esparcen las mongetes sobre mesas de madera y cuentan los pimientos y berenjenas que venderán de puerta en puerta al día siguiente. Raul vuelve por fin del campo con la camisa empapada y abre una lata de cerveza helada en su balcón, frente a la autovía por la que pasan camiones y autobuses, esos que Rosemarie no puede coger para ir a la residencia de ancianos debido a la escasa frecuencia de paso.  En otro lugar, María pone fin a su sesión de caja tonta y saca a pasear dificultosamente su cuerpo bajo la mirada orwelliana de la cámara de seguridad. Maribel dobla su silla de playa y vuelve a casa con más resignación y menos cigarillos. Iurie llama por teléfono a su novia en Moldavia y moja el pan bimbo en un bote de nocilla. A estas horas, sigue haciendo un calor asfixiante.


En este contexto, las tormentas se convierten en una necesidad vital. Ahuyentarán a los mosquitos que suben desde los jardines hacia las ventanas de las casas en busca de las sangres más dulces. Matarán de forma natural las moscas blancas que devoran rápidamente las cosechas. Borrarán las marcas y las grietas de la piel de los humanos y de la superfície de las hojas, que de noche parecen esperar a que un poder superior les arrebate el alma y la fuerza, como en el episodio bíblico de los primogénitos.


Neus Ballús comentaba tras la proyección de La Plaga en el Festival d'A que en el montaje final el papel del territorio ha quedado reducido a simple escenario. Pero a mi parecer éste encarna otro personaje de la historia. El más cruel, injusto e injustificable. Diego Dussuel es fiel al paisaje y con una paleta cromática de  marrones, ocres y escasos verdes ensalza de manera naturalista esta comarca de polígonos industriales, carreteras con curvas y huertos viejos. La música agreste de David Crespo recuerda ligeramente a la de Gustavo Santaolalla y subraya el carácter de western y de tragedia divina del relato.


El espectador no sabe si sale de la sala de cine desasosegado o refortalecido. La época exige de nosotros un estoicismo clásico, una resistencia propia de los templos griegos, una tenacidad de mármol. Antes de que todo acabe en ruina y putrefacción hay que cortar ciertas raíces - nacionales, sentimentales - con la hoz. Y en este combate ¿Estamos preparados para luchar "hasta el punto"? ¿Podemos poner una valla que marque la distancia apropiada entre nosotros y las personas a las que cuidamos? ¿Es posible olvidar los lugares donde vivimos antes de perder nuestra autonomía física? María tiene claro que no, y por eso le cuestiona retóricamente a su enfermera: "¿Com es fa per deixar de pensar? Ja ho sé que ara estic aquí, però el cap no para". 

Y aunque el pensamiento no se detenga, aunque la fotografía de unos hijos con los que no disfrutamos de las vacaciones o el aspecto de una planta a la que nadie riega nos sumerja en la melancolía, no queda otro remedio que seguir abriendo caminos en la tierra, aunque levanten polvo, aunque avui sigui un d'aquests dies en els que m'ofego. 

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miércoles, 1 de mayo de 2013

Dermatitis atópica


Ahora sólo hay una cosa que me interesa vitalmente y es consignar todo lo que se omite en los libros. Que yo sepa, nadie está usando los elementos del aire que dan dirección y motivación a nuestras vidas. Sólo los asesinos parecen extraer de la vida una parte satisfactoria de lo que aportan. La época exige violencia, pero sólo obtenemos explosiones abortivas. Las revoluciones quedan segadas en flor o bien triunfan demasiado aprisa. La pasión se consume a escape. Los hombres recurren a las ideas, comme d'habitude. No se propone nada que pueda durar más de veinticuatro horas. Estamos viviendo un millón de vidas en el espacio de una generación. Obtenemos más del estudio de la entomología o de la vida en las profundidades marinas o de la actividad celular...
                              
El teléfono interrumpe esta reflexión, que nunca habría podido llevar a término. Alguien viene a alquilar el piso... Parece que se va a acabar, mi vida en Villa Borghese. Bien, cogeré estas páginas y me largaré. En otro sitio ocurrirán cosas también. Siempre ocurren cosas. Parece que dondequiera que voy hay un drama. Las personas son como los piojos: se te meten bajo la piel y se entierran en ella. Te rascas y te rascas hasta hacerte sangre, pero no puedes despiojarte de una vez. Dondequiera que voy las personas están echando a perder sus vidas. Cada cual tiene su tragedia particular. La lleva ya en la sangre: infortunio, aflicción, suicidio. La atmósfera está saturada de desastres, frustración, futilidad. Rascarse y rascarse... hasta que no quede piel. Sin embargo su efecto en mí es estimulante. En lugar de desanimarme, o deprimirme, disfruto. Pido a gritos cada vez más desastres, calamidades mayores, fracasos más rotundos. Quiero ver el mundo escacharrado, quiero que todo el mundo se rasque hasta morir. 


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Henry Miller
Trópico de Cáncer

martes, 2 de abril de 2013

Richard Learoyd


“I like to work with the same people,” says Learoyd, “because the process is awkward and difficult and it takes a while to teach people how to do it.” Often, they are friends of friends with the sort of timeless features and style that won’t date the images down the road. In the closed world of the studio, he plays the role of therapist for some, for others he is just an eccentric. But at the end of the day, Learoyd is careful to keep his distance. “I don’t socialize with them,” says Learoyd. “I don’t mingle.”  He sees the relationship as productive without the muddied distractions of friendship (...) Learoyd’s portraits question the ability of the viewer to truly know another person. “There is a closeness people crave from others that is always thwarted,” says Learoyd. “Quite often I think we’d like to merge with others, but there’s always something in between. In this case, its the surface of a photograph.”

Fuente: http://lightbox.time.com/2011/04/27/uncomfortably-close-richard-learoyds-presences/#ixzz2PKvBYYJ0












The photograph is a secret about a secret. The more it tells you the less you know

Diane Arbus

Proclaimed for their stunning immediacy, artist Christopher Bucklow wrote that Learoyd’s pictures rendered him speechless and without opinion. This is a remarkable concession, an affront to semioticians for whom everything is a sign for something else. But Bucklow’s observation is an honest reminder that we make, cherish, and are intrigued by particular pictures because language cannot do certain things, cannot go certain places, or at least not with the enigmatic economy of a photograph. 
(...)
The average 21st century person sees more images in a week than someone living in the Victorian era observed in a lifetime.  But it is not the amount of images, but what images that mattersThis, in a nutshell, explains our receptivity to the quiet urgency of Learoyd’s photographs. It is critical that the images are literally one of a kind. There is no intermediary negative or digital file from which an infinite number of copies can be made. The light that reflected from the skin of his subject passed through the lens, into the dark chamber and impressed itself upon the emulsion of a single sheet of photographic paper; one solitary picture marking one unrepeatable moment.  In this way, Learoyd’s pictures detour from photographic glut; instead of endless repetition and ubiquity he slows photography down to a standstill so that we might finally see.
(...)
A Vermeer-tinged glow envelops his subjects while ambient details emerge: a stool, an electrical cord, an unadorned bed, the delicate vignetting. There is skin of course, which we scan like hungry topographers for clues to solve the puzzle of identity. Echoes of pre-Raphaelite sensuality coexist with the chill of the medical examiner’s table. We are granted the privilege of the observer over the observed, yet one woman returns our gaze with such an uncanny intensity that it is the viewer who becomes the beholden.  As Learoyd himself has noted, except for lovers and children, we are seldom given permission or opportunity to look so closely. Single hairs become crucial, two delicate strands point toward a mouth, a minor tangle animates the space inches above the fontanel like a shy crown. Elongated fingers rest upon thin wrists, the whorls on the bottom of a foot remind us that it not only fingerprints that claim unique signatures.  A freckle, a blemish, a tattoo, a laceration, the fading imprint of a recently removed undergarment; as the eye travels along the inlets, cavities and protuberances of the body we begin to let go of the nagging questions of who and instead allow ourselves to be awed by the unnamed specificity of being.

Fragmentos de un ensayo de Mark Alice Durant: 
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Algunas fotografías de Richard Learoyd pueden verse hasta el 19 de Mayo en la exposición Seduïts per l'art: Passat i present de la fotografia, en el Caixaforum de Barcelona.
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