jueves, 20 de enero de 2011

El amante



A menudo hablo de mis hermanos como de un conjunto, como lo hacía ella, mi madre. Digo: mis hermanos, también ella, fuera de la familia, decía: mis hijos. Siempre hablaba de la fuerza de sus hijos de manera insultante. Para los de fuera de casa, no pormenorizaba, no decía que el hijo mayor era mucho más fuerte que el segundo, decía que era tan fuerte como sus hermanos, los labradores del Norte. Estaba orgullosa de la fuerza de sus hijos, como lo había estado de la de sus hermanos. Como su hijo mayor, despreciaba a los débiles. De mi amante de Cholen decía lo mismo que mi hermano mayor. No escribo las palabras que utilizaba. Eran palabras que había sacado de las carroñas que se encuentran en los desiertos. Digo: mis hermanos; porque era así como yo lo decía también. Después de llamarlos de otra manera, mi hermano pequeño creció y se convirtió en mártir.

En nuestra familia no sólo no se celebraba ninguna fiesta sino que tampoco había árbol de Navidad, ni ningún pañuelo bordado, ni ninguna flor, nunca. Pero tampoco ningún muerto, ninguna sepultura, ninguna memoria. Ella sola. El hermano menor seguirá siendo un asesino. El hermano menor morirá por ese hermano. Pero yo me marché, me desarraigué. Hasta su muerte, el hermano mayor la tuvo para él sólo.

(...)

Mi madre dijo a la directora del pensionado: no importa, todo eso carece de importancia, ¿ve? ¿ve qué bien le sientan esos vestidos usados, ese sombrero rosa y esos zapatos dorados? Cuando habla de sus hijos la madre está ebria de alegría y, entonces, su encanto es aún mayor. Las jóvenes vigilantas del pensionado escuchan apasionadamente a la madre. Todos, dice la madre, todos la rondan, todos los hombres del puesto, casados o no, la rodean, requieren a esa niña, esa cosa, aún indefinida, miren, una niña aún. ¿Deshonrada, dice la gente? Y yo digo: ¿Cómo se las arreglaría la inocencia para deshonrarse?
La madre habla, habla. Habla de la prostitución manifiesta y ríe, del escándalo, de esta payasada, de ese sombrero fuera de lugar, de esta elegancia sublime de la niña de la travesía del río, y ríe de esa cosa irresistible aquí, en las colonias francesas, hablo, dice, de esa piel blanca, de esa joven criatura que estaba hasta ahí escondida en los puestos de la selva y que de repente sale a la luz del día y se compromete en la ciudad a la vista y al conocimiento de todos, con el desecho del millonario chino, diamante en el dedo como una joven banquera, y llora.

(...)

Habría que prevenir a la gente de esas cosas. Enseñarles que la inmortalidad es mortal, que puede morir, que ha ocurrido, que sigue ocurriendo. Que no se muestra como tal nunca, que es la duplicidad absoluta. Que no existe nunca en los pormenores sino en el principio. Que algunas personas pueden encubrir su presencia, a condición de que ignoren el hecho. Al igual que otras personas pueden detectar la presencia en esas gentes, también pueden ignorar que pueden hacerlo. Que la vida es inmortal mientras se vive, mientras está con vida. Que la inmortalidad no es una cuestión de más o menos tiempo, que no es una cuestión de inmortalidad. que es una cuestión de otra cosa que permanece ignorada. Que es tan falso decir que carece de principio y fin como decir que empieza y termina en la vida del alma desde el momento en que participa del alma y de la prosecución del viento. Mirad las arenas muertas del desierto, el cuerpo muerto de los niños: la inmortalidad no pasa por ahí, se detiene y los esquiva.

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Marguerite Duras. El amante.
Fragmentos.

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