domingo, 1 de mayo de 2011

Plataforma (I)


[...] Ambos eran inteligentes, competentes, reconocidos en su sector profesional; pero no tenían derecho al error. Un fracaso en el nuevo puesto no significaría el final de sus carreras: Jean-Yves tenía treinta y cinco años, Valérie veintiocho; les darían una segunda oportunidad. Pero la profesión no olvidaría ese primer paso en falso, tendrían que volver a empezar a un nivel notablemente inferior. En la sociedad en que vivíamos, el principal interés del trabajo era el salario y, en general, las ventajas financieras, el prestigio, el honor de la función ocupaban un lugar mucho más secundario que antes. Sin embargo, existía un sistema avanzado de redistribución fiscal que permitía mantener con vida a los inútiles, los incompetentes y los perjudiciales; de los cuales, en cierta medida, yo formaba parte. En resumen, vivíamos en una economía mixta, que evolucionaba lentamente hacia un liberalismo más pronunciado, que superaba poco a poco las prevenciones contra el préstamo con intereses - y, en general, contra el dinero - todavía presentes en un país de larga tradición católica. Ellos no iban a sacar el menor provecho real de esta evolución. Algunos jóvenes diplomados de la Escuela de Comercio mucho más jóvenes que Jean-Yves - incluso estudiantes - se lanzaban de buenas a primeras a la especulación bursátil, sin pensar siquiera en buscar un empleo asalariado. Tenían ordenadores conectados a Internet, sofisticados programas de seguimiento de los mercados. Se reunían en clubs con bastante frecuencia para decidir aportaciones de fondos más importantes. Vivían con el ordenador, se relevaban para trabajar las veinticuatro horas del día, nunca se tomaban vacaciones. El objetivo de todos ellos era extremadamente simple: ser multimillonarios antes de los treinta.
Jean-Yves y Valérie formaban parte de una generación intermedia, donde aún parecía difícil hacer carrera fuera de una empresa o del sector público; yo era un poco mayor que ellos y me encontraba más o menos en la misma situación. Los tres estábamos atrapados como insectos en un bloque de ámbar; no teníamos ni la menor posibilidad de volver sobre nuestros pasos.

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Plataforma. Michel Houellebecq.

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